Las escaleras de Luli se estrenó a nivel mundial, conquistando al jurado de festivales internacionales y abriéndose camino en el cine independiente. La película, realizada por más de 200 personas de la comunidad educativa, combina ficción y conciencia sobre la salud mental.
Reportaje realizado por Milagros Alcántaro para Periódico El Milenio
Con un reconocimiento unánime del jurado, Las escaleras de Luli comenzó su recorrido internacional con el pie derecho. El largometraje dirigido por Cristian Salas y producido por la Fundación Josefina Valli de Risso, obtuvo el Primer Premio al Mejor Largometraje en el Festival Internazionale d’Arte Cinematografica di Chia, Italia.
“En la película se percibe mucha profesionalidad: en los ángulos de cámara, en el tipo de encuadres, en la puesta en escena. Todo eso se siente claramente y conmueve profundamente, hasta el punto de dar el ‘tono de ensueño”, expresó el jurado.
El director junto con los productores ejecutivos Cecilia Bertone y Guillermo Risso, estuvieron presentes en la premiación que coronó el estreno mundial del film, en la ciudad de Chia (Viterbo), al norte de Roma.
Posteriormente, la película fue seleccionada para la Competencia Oficial del 4° Rani Durgavati International Film Festival, en la ciudad de Jabalpur, India, donde obtuvo seis premios: Mejor Película, Mejor Dirección, Mejor Actriz, Mejor Dirección de Fotografía, Mejor Diálogos y Mejor Diseño Sonoro.
Así, la historia de Las escaleras de Luli es también la historia de una construcción colectiva: detrás de cada escena, hay meses de trabajo colaborativo entre más de 200 personas de ambas comunidades educativas. El rodaje se desarrolló en locaciones de la provincia de Córdoba, desde Villa Allende, Mendiolaza y Unquillo hasta Santa María de Punilla, La Falda, Miramar de Ansenuza y Potrero de Garay, entre otros.
La película cuenta la historia de una niña que debe entregar una libreta firmada, pero el camino hacia ese objetivo se transforma en un viaje involuntario por distintos estados de la conciencia. En su trayecto, se mezclan lo vivido y lo soñado, y aparecen personajes en universos distorsionados.


El Milenio: ¿Cómo surgió la idea de Las escaleras de Luli y qué te motivó a contar esta historia?
Cristián Salas: Hacía mucho tiempo que nosotros queríamos transitar por los cuentos infantiles clásicos. Ya había una idea de hablar sobre una niña como Caperucita Roja o Alicia del País de la Maravilla. Así, empezó a prosperar, sobre todo para experimentar, manejar distintos tiempos y espacios narrativos,siempre con una justificación mínima, para que el espectador se sienta identificado.
Entonces, llegó a la mesa el tema de la demencia y las enfermedades mentales a partir de eventos que sucedieron en mi vida personal con mi padre y otras personas. Se iluminó la obra en ese aspecto y empezamos a transitar una búsqueda, una investigación de por qué se da la demencia, estudiamos el espacio y el tiempo según la teoría física de Newton, de Einstein, de la Física Cuántica, relatos de psiquiatras. Hubo un gran tiempo de investigación para luego darle forma a una historia que conserva la idea primaria, pero el marco general es el de la salud mental y los adultos mayores.
EM: ¿Qué desafíos y aprendizajes te dejó una producción tan grande y colectiva?
CS: Nosotros ya estamos acostumbrados a ese tipo de cosas, porque una de las consignas de cada desarrollo de película es hacer participar a las familias. Nosotros a partir de ‘Gino’, el cortometraje que en el 2017 ganó el primer premio en un festival de cine de un colegio italiano, hicimos una gran convocatoria a padres y alumnos de los dos colegios.

Por otro lado, la masividad es clave para poder hacer este tipo de cosas, porque son 200 personas que aportan su granito de arena en la producción audiovisual, relaciones públicas, vestuarios, contacto de locaciones, actores y demás. La participación de las personas va influyendo en la narrativa, la estética y el guión incluso. Vos escribís un guión y lo podés respetar al máximo, pero en el cine independiente es otra cosa, no podés controlar todo porque no tenés financiamiento y se depende de un montón de cosas: de que la locación esté como vos pensabas que iba a estar, que los actores se sepan letra, actores que como no tienen experiencia frente cámara se pueden congelar, que llueve ese día y es el único día que te prestan la locación, o sea mil cosas pueden modificar el guión. Además, en esa incertidumbre puede que surja algo que no estaba previsto para bien y lo captes. Quizás no era el plano que yo quería, pero si se transmite la esencia, entonces bienvenido. Así, todo se empieza a modificar de una manera analógica, de una manera humana. Es una película que respira, que tiene pulmones, que tiene cuerpo. La técnica no está al servicio de la narrativa, entonces la narrativa empieza a existir por sí sola y es lo que más importa.
EM: ¿Cómo dialogan las locaciones con la historia?
CS: En la demencia, el entorno de la persona es muy particular. Por ejemplo, vos tenés una una sábana rayada y eso para la persona puede ser una reja, pueden ser víboras, pueden ser ramas que ve sobre su sobre su techo, puede ser algo que lo asuste, puede vibrar, se puede mover. Entonces, en esta historia los saltos de universo tenían que ser marcados por un entorno que sí o sí diga algo. Hay interiores y exteriores extremadamente influyentes en la cabeza de la protagonista y de esa manera también se le muestra al público lo que está pasando en todo el contexto del universo que está viviendo la protagonista. El paisaje es un personaje más del entorno, así que las locaciones fueron buscadas con esa premisa.


Cine y comunidad
“Trabajamos con los aspectos de la salud, tanto física como mental, los afectos, todo lo que involucra el bienestar de la persona”, explicó Cecilia Bertone, productora ejecutiva del proyecto. En ese marco, recordó que durante la pandemia realizaron una serie de cortos sobre salud, lo que abrió un camino de reflexión que derivó, finalmente, en el largometraje.
En tanto, la trama, escrita por Cristian Salas, se fue construyendo en simultáneo con el entusiasmo de una comunidad entera. “Nuestros proyectos tienen como premisa una gran apertura a la comunidad. Desde el vamos son pensados para hacerlos grandes, con la participación de mucha gente, tanto en cámara como detrás de cámara”, detalló.
A medida que la propuesta tomaba forma, el guión se fue nutriendo de lo posible, de los recursos reales y del aporte humano. El reconocimiento internacional llegó con fuerza: “Los galardones significan una gran satisfacción, una emoción inmensa, una sensación de plenitud y también de mucho orgullo”, compartió.
Para la productora, el mayor valor está en haber acercado el lenguaje audiovisual de manera profesional a todos los que forman parte de ambos colegios. “Fue hermoso compartir el rodaje, y ahora es ampliamente satisfactorio compartir el premio”, concluyó.

Detalles cuidados
Ser parte de Las escaleras de Luli significó para Lucía Guillamondegui un antes y un después. La exalumna del IMVA estuvo a cargo de la producción y del diseño sonoro, y su participación fue, según sus propias palabras, “un desafío a nivel personal y profesional”. Al respecto, afirmó: “Fue una experiencia única donde aprendí muchísimo. Me perfeccioné y crecí mucho profesionalmente”.
Para ella, lo más valioso que se lleva de este proceso son los vínculos. “Conocí a mucha gente maravillosa y talentosa. – comentó-. Participaron personas con un nivel enorme y una calidez humana increíble”.
En cuanto a los galardones obtenidos, sostuvo: “Me esperaba que llegara lejos porque tiene mucho potencial, pero que se estrenara a nivel mundial y obtuviera tantos reconocimientos fue increíble. Cruzamos al otro lado con la peli”, expresó con orgullo.
Desde el inicio, el sonido fue pensado como un elemento central del relato. “Nada fue dejado al azar, todo lo que sonaba tenía un porqué. Queríamos que acompañe la imagen y que también destaque”, explicó.


Una mirada que también fue puesta en valor
Nicolás Moreno, a cargo de la dirección de fotografía del proyecto, fue uno de los integrantes del equipo técnico que recibió reconocimiento internacional por su trabajo en el RD International Film Festival de la India. El trabajo fotográfico, desde los encuadres hasta la iluminación y la composición, fue clave para contar la historia.
Para él, quien además es padre de alumnos del IENM, formar parte de esta producción implicó un desafío técnico y humano. “Había una visualización del proyecto que lo hacía enorme, compleja desde el relato, los recursos, la técnica y los talentos involucrados”, explicó.
A eso se sumó el esfuerzo cotidiano por acompañar al equipo y sostener un clima de disfrute, donde también hubo lugar para “disfrazarse, jugar a ser otros y volverse un poco niños”.
Para Moreno, más allá del premio, lo más valioso fueron los vínculos generados en el proceso: “Somos las historias que nos contamos, y estoy seguro de que tanto Luli como los próximos proyectos van a tener el reconocimiento que merecen”.


